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Fantasía Macabra.
Enviado el: 06-06-2006 @ 05:56 am

Blog:

Fantasía Macabra.


Hace dos noches tuve un sueño singular. Me figuraba estar sentado en el umbral de una puerta, quizás en alguna ciudad imprecisa y sumido en melancólica meditación. Podía ser media noche o la una menos cuarto de la madrugada. El ambiente era primaveral y embalsamado. En las calles todo silencio; ni aun el pasajero taconeo de algún transeúnte. Ni un sonido, por leve que fuera, y que sirviese para asentar la calma sepulcral en que yacía la ciudad. Es decir, sí: de vez en cuando se oía el ladrido de algún perro, y al que contestaba como un eco lejano otro ladrido. Pero esto ocurría tan pocas veces, que bien puedo decir que reinaba un silencio de muerte, sin que nadie me tache de exageración.
De improviso oí sonar en la calle un ruido de castañuelas. Sin duda un enamorado que se preparaba a dar serenata a la señora de sus pensamientos. Apenas había transcurrido un minuto, un esqueleto encapuchado y medio cubierto por andrajoso y sucio sudario, cuyos jirones flotaban al viento, dejando entrever a trechos la osamenta de la caja torácica, vino hacia mí con andar majestuoso y desapareció en la claridad dudosa de una noche sin luna. El esqueleto llevaba sobre sus hombros un ataúd roto y apolillado y en las huesosas manos un bulto de extraña forma.
Entonces comprendí de donde procedía el ruido que a mi se me antojo a castañuelas. Era el crujir de las articulaciones del personaje y el chocar de los húmeros contra las descubiertas costillas.
Declaro con franqueza que la aparición me sorprendió. Y aun no había salido de mi asombro cuando sentí que se aproximaba otro esqueleto. Lo conocí en que volvían a sonar las castañuelas. El segundo esqueleto solo conducía dos terceras partes de un ataúd, un par de tablas negruzcas y carcomida por la humedad.
Sentí el capricho de dirigirle la palabra. Alargue cuanto pude el cuello, con objeto de asomar mis miradas por debajo de la amplia capucha, y al contemplar sus orbitas cavernosas, el titileo de su mandíbula inferior, la irónica y eterna sonrisa de aquella boca sin labios, se me heló la sangre en las venas y quede mudo.
Pocos instantes después se aproximo un tercer esqueleto. Avanzaba este encorvado bajo el peso de una ancha piedra sepulcral y arrastrando en pos de si, con una cuerda, el ataúd mas desvencijado que pudiera concebirse.
Cuando llego cerca de mí se detuvo, me quedo mirando algún tiempo y, por ultimo, dijo con acento quejumbroso:

- Compañero, ayúdeme a descargar esta piedra.

Sostuve la losa hasta que alcanzo el suelo. Tuve la suficiente serenidad para fijarme en la inscripción. Un nombre y una fecha: "Juan Baxter Copmanhurst. -Mayo de 1839". Sin duda la fecha del fallecimiento.
El difunto se sentó a mi lado, dando muestras de gran cansancio, y después de desarticularse con soltura la mandíbula inferior, la llevo a la frente para secarse la transpiración.
Se me ocurrió, al ver la extravagante maniobra, que seguramente el esqueleto obedecía a alguna antigua costumbre, porque la verdad es que el hueso frontal aparecía sin la menor partícula de sudor.

- Esto es demasiado
- murmuro el aparecido arrebujando sobre los fémures los pliegues del sudario y apoyando la mandíbula inferior en la mano derecha en actitud pensativa. Después puso un pie sobre la rotula y empezó a rascarse el hueso del tobillo con un mohoso clavo que arranco del féretro.

-¿De que se queja usted, amigo mío?- pregunte yo, algo mas tranquilo.-¿Que es lo que le perece a usted demasiado?
-Todo, todo es demasiado. Hay momentos en que casi desearía no haber muerto nunca.
-Me deja usted estupefacto. ¿Que dice usted? ¿Tan mal le va en el reino de los muertos?
-Y tan mal. Vea usted esta piedra llena de hendeduras, y ese ataúd medio podrido. ¡Cuanto un hombre posee ya en la tierra marchándose en astillas y en polvo! ¡Aun le parece a usted extraño el que me lamente! ¡Ah sangre y gusanos!
-¡Cálmese usted, querido amigo! Tiene usted razón. Convengo en que esto es demasiado. No creía, sin embargo, que tan nimios detalles le preocupasen, dada la situación en que se encuentra.
-¿No ha de preocuparme? Considere usted: mi amor propio esta en perpetua tortura, mi bienestar destruido, aniquilado. Permítame que le cuente mi historia. Cuando usted la conozca comprenderá el porque de mi desesperación.


Diciendo esto el pobre esqueleto, echo hacia atrás, con un movimiento enérgico de cabeza, la capucha del sudario. Y ¡cosa rara! aquella disposición del lienzo fúnebre prestaba al personaje cierto aire juvenil y gracioso muy poco en armonía con su actual estado, y desde luego en absoluto contraste con su mal humor.

-Sepa usted- me dijo - que tengo mi residencia en ese cementerio viejo que quizá distinga usted desde aquí: un poco mas allá de aquella manzana de casas... ¡Buena la hemos hecho! Ya decía yo que este pícaro cartílago iba a desprendérseme en cuanto realizara un esfuerzo... Tenga usted la bondad de atármelo con alguna cuerda, si por casualidad lleva algún trozo en el bolsillo. Por mi parte, preferiría que me lo sujetase con un hilo de plata, porque es más artístico y más duradero. En fin, lo esencial es que no se caiga el tal cartílago. No puede usted imaginarse, caballero, cuan triste es ver que se va uno así, fragmento por fragmento, y todo, no por la ley inexorable de la materia, sino por la indiferencia y el abandono de las personas queridas...

El desventurado espectro rechino los dientes de un modo que me hizo crispar los nervios, y continúo su peroración.

-Quedamos en que habito en ese cementerio desde hace treinta años. Crea usted que las cosas han cambiado mucho desde el día en que me retiro la muerte de los negocios, llevándose al sepulcro mi deteriorada envoltura carnal; desde el día en que extendí bajo la fresca tierra, dispuesto a dormir largo sueño, con la sensación exquisita de haber terminado para siempre con las preocupaciones, los disgustos, los sobresaltos, la duda y el temor. El ruido del sepulturero amontonando tierra sobre mi huesa, a partir desde el choque violento de los primeros pedruscos hasta el rumor de las ultimas paletadas, llenabame de delicioso bienestar... créame usted: un bienestar incomparable, y que a titulo de buen amigo le recomiendo experimente, cuanto mas pronto mejor.

Los buenos deseos del esqueleto habianme causado alguna turbación. Conociéndolo mi sepulcral visitante, me dio con su manojo de huesecillos cariñosa manotada en el hombro, y añadió:

-Si; señor; hace treinta años que me acosté allí y que fui completamente feliz por primera vez en mi vida. Nos encontrábamos entonces en pleno campo, lejos, muy lejos de la ciudad, y cerca, muy cerca del bosque, de ese hermoso bosque que embalsamaba con sus perfumadas brisas los patios del cementerio. ¡Cuan deleitosamente transcurría el tiempo entre aquellas cuatros paredes! El viento jugueteaba perezoso con las ramas de los cipreses; la ardilla se entregaba a su alegre retozar a dos metros de nuestros cuerpos; los gusanos y los sapos nos hacían frecuentes visitas. Cualquiera hubiese dado diez años de vida por morir en tan placidos instantes. Estábamos en el mejor de los mundos. Yo me encontraba en excelente situación: todos los muertos que vivían a mi lado pertenecían a buenas familias... Nuestra posteridad no nos olvidaba. era de ver, en efecto, el cuidado que dedicaban a nuestras sepulturas: las verjas siempre relucientes; las lapidas y cruces cual recién salidas de la tienda; los mausoleos limpios; los rosales y las siemprevivas podados, regados y artísticamente dispuestos; los senderos como tazas de plata; en una palabra, daba gusto estar muerto. Aquellos venturosos días pasaron para no volver. Nuestros descendientes son unos ingratos. Mi nieto habita una venturosa mansión construida con los millones que amontonaron estas manos. Mientras tanto, yo duermo en una tumba ruinosa y abierta donde penetran a su arbitrio todas las alimañas. Es decir, que yo y mis amigos hemos fundado esta ciudad, la hemos hecho prospera, para que los opulentos pedazos de nuestras entrañas nos dejen pudrir en un camposanto que parece un estercolero, vergüenza de la población y burlas de gentes extrañas... Porque no crea usted que hay exageración en lo que digo. Las tumbas, quebradas por mil partes, dejan al descubierto a sus inquilinos; las inscripciones no las descifraría el más experto en materias epigráficas; las verjas simiarrancadas del suelo se sostienen en pie por un verdadero milagro de equilibrio; los mausoleos ofrecen un aspecto desconsolador. Ni un adorno, ni una rosa, ni una mata de hierba, ni un sendero, nada, en fin, que pueda recrear la vista. Hasta los muros de adobe que nos defendían contra los posibles ataques de las fieras del bosque se han venido al suelo, sin duda por no ser testigos más tiempo de aquella ignominia.
Y lo más triste es que no tenemos la esperanza de que vayan a ocultarse nuestras miserias y nuestros harapos en los bosques vecinos, porque la ciudad ha extendido sus brazos y nos ha encerrado en su seno. Todo lo que resta de las alegrías de aquellos buenos tiempos es media docena de cipreses empolvados y anémicos, cuyas ramas mordisqueadas por los insectos, no pueden prestar sombra a los muertos. ¡Que espantosa desolación!
Paréceme que ya ira usted comprendiendo el motivo de mi duelo. Mientras que nuestros herederos gozan y ríen y tiran el dinero que les dejamos, precisamente ante nuestras propias fosas nasales -decir narices fuera mucho decir,- nosotros nos vemos y nos deseamos para mantener reunido el cráneo y las tibias. ¡Quisiera yo ver a todos esos granujas en nuestra situación! Apenas se acentúa la lluvia, tenemos necesidad de salir huyendo de las sepulturas y refugiarnos entre las ramas de los cipreses; si hiela, despiértanos el chorrillo de agua medio congelada que nos cae encima de los arcos superciliares, en el esternon o en las fosas iliacas. Cuando esto ocurre se produce un tolle general, una huida de esqueletos hacia los árboles. No hace muchas noches hubiera usted podido presenciar el curioso espectáculo. En la rama de un ciprés nos hallábamos cincuenta ciudadanos, sujetándonos mutuamente para que el vendaval no diseminase nuestros restos. En tan incomoda posición permanecimos tres horas mortales, ateridos, cubiertos de agua y cayéndonos de sueño y de cansancio. Cuando por fin pudimos volver a las sepulturas clareaba el día. Y aun invertimos algunos minutos en verter el agua que se había alojado en nuestras fosas nasales. Si se toma usted la molestia de echar una ojeada aquí, en mi boca, podrá comprobar que en el fondo de la caja craniana existe un regular depósito de lodo seco. Y no puede usted figurarse cuanta molestia me proporciona ese cuerpo extraño y las dificultades que experimento a veces para pensar, sin duda por tal causa.
Luego, debido al abandono en que se nos tiene, apenas si le llega a uno el sudario al cuerpo. El otro día lo puse a secar un momento en una verja. Pues bien, me lo han robado. Este que llevo ahora no me pertenece. Sospecho que el autor de la sustracción es un cierto Smith que se halla enterrado en el cementerio de pobres, un poco mas abajo que el nuestro.
Digo que sospecho de el, porque la primera vez que lo vi no llevaba sobre la osamenta sino una camisa de franela a cuadros, y en nuestra ultima asamblea era el cadáver mas elegante de la reunión. Además hay una circunstancia significativa, y es que Smith desapareció en cuanto me acerque.
No hace mucho, una vecina mía perdió también su ataúd. Era muy desconfiada y siempre que salía a dar una vuelta se lo llevaba consigo. No lo hacia solo por temor a un despojo, sino porque habiendo muerto de un catarro crónico, no quería exponerse a una recaída, y en cuanto sentía frío se encerraba entre las cuatro tablas, y venga aire. La tal se llama Hotchkin, Ana Matilde Hotchkin. Quizá usted la conozca... Mire usted, tiene dos dientes en la mandíbula superior, así, en esta parte; es alta, aunque va siempre encorvada; le falta una costilla del lado izquierdo; ostenta un mechón de cabellos hacia el occipucio, y dos graciosas sortijillas a ambos lados de los conductos auditivos. Otros detalles, para ayudar a usted a hacer memoria: la mandíbula inferior la lleva atada solo por un extremo; carece de humero derecho; lo perdió en una lucha "a brazo partido" con una difunta que le era antipática. Debió ser bonita y graciosa en vida, quizá despertó pasiones; pero ahora, amigo mío, hay que confesar que se halla muy amarillenta, apolillada y poco atractiva. Yo la llamo cesto viejo y ella ¡se ríe con unas ganas!... ¿Se acuerda usted de quien hablo? ¿No la ha encontrado usted alguna vez?...


-¿Yo? ¡Dios me libre! –exclame involuntariamente.

No esperaba, en verdad, tal pregunta, y de ahí lo brusco de mi respuesta. Creyendo que acaso el esqueleto había sentido una pequeña mortificación en su amor propio, me apresure a dar corteses explicaciones, si bien debo aclarar que me turbe algo.

-Quise decir, amigo mío –continué diciendo,- que no he tenido nunca el honor de saludarla... No quisiera ofender a ustedes en lo mas mínimo, pero... ¿Y es amiga suya?... ¿Decía usted que le habían robado?... ¡He ahí un echo vergonzoso, inaudito!... A juzgar por los restos de sudario que usted conserva, debió ser muy buena clase. ¿Cuanto?...

Una mueca verdaderamente espectral se fue dibujando poco a poco en los rasgos en ruina y en la piel desecada de la cara de mi interlocutor. Comenzaba ya a experimentar cierto sentimiento de angustia, cuando adivinándolo, sin duda, el difunto, me tranquilizo asegurándome que lo que intentaba era sonreírse con amabilidad y hacerme guiños con los ausentes parpados... Me calme, rogándole, sin embargo, que en lo sucesivo se atuviese solo a la locución, suprimiendo los gestos, por lo ambiguo de su expresión facial.

-En resumen, amable caballero -continuo diciendo el esqueleto,- dos de los antiguos cementerios, el que me alberga y otro no muy distante, han sido abandonados deliberadamente por nuestros nietos y bisnietos, desde que ya no se entierran en ellos. Sin hablar de las molestias osteológicas que se nos originan, da grima contemplar el estado en que se encuentran los inmuebles. Para nosotros el dilema se halla planteado así: o abandonar las viviendas, o resignarnos a que cada hueso se vaya por su lado. Usted no puede comprender la pena que nos embarga cuando observamos que ni un solo ataúd esta presentable. Y no me refiero solamente a los modestísimos féretros de los plebeyos, sino a los magníficos y archielegantes féretros de los ricos, a esas cajas de madera preciosas con aplicaciones de plata y cristal biselados, que llegan a veces al cementerio, despertando la curiosidad y la admiración de los papanatas; cajas como las de mis amigos los Travis, los Bledros, los Burling y otros por el estilo. Pues nada, todas juntas no valen en la actualidad un centimo. Nos encontramos en la mayor miseria. La semana pasada, uno de los Bledros cedió su lapida sepulcral a un tendero multimillonario vecino suyo, a cambio de unos huesos sueltos para reclinar la cabeza. El hecho es significativo, porque no hay nada que estime tanto un difunto como su lapida funeraria. Gústale leer y releer la inscripción; pasarse horas y mas horas meditando sobre las cosas lisonjeras que de el se dicen... Un epitafio es cosa barata, y procura al pobre muerto extraordinarias satisfacciones, sobre todo si en vida fue desgraciado... He ahí otro motivo de sentimiento que tengo con mis descendientes. Figúrese usted que, sobre dedicar una lapida de mármol de tercera clase, me pusieron esta inscripción ambigua: "Tuvo la recompensa que merecía"... Al principio, me causaba el epitafio cierto legítimo orgullo. Mas luego, con el tiempo, note que cuando uno de mis antiguos amigos se detenía a contemplar mi tumba, se mordía los labios cual si quisiera contener la risa, y se alejaba con aire satisfecho... Excuso decirle que he borrado la inscripción.
A pesar de estas y otras contrariedades, los muertos amamos nuestras piedras sepulcrales. Vea usted: por allí vienen los Travis, llevando sobre sus hombros las cubiertas de sus sarcófagos. Ese que acaba de pasar es Smithers; el pobre esta muy estropeado y encomienda siempre a dos alquilones el trabajo de cargar con la lapida. Pero ¡calla!... ¡Adiós, querido Higgins!... Es Meredith Higgins, muerto en 1844; un buen muchacho, vecino de tumba. Muy buena familia. Su bisabuela fue trapera, pero el logro hacer olvidar su ascendencia a fuerza de reunir millones. Siento que no me haya oído, pues hubiera tenido mucho gusto en presentarlo a usted. ¡Que excelente criatura! El esqueleto mas deteriorado, maltrecho y mohoso que usted pueda imaginarse; pero, en cambio, ¡que admirable y que eterno buen humor! ¡Siempre gracioso y siempre ocurrentísimo! Cuando se ríe creería cualquiera que están frotando dos piedra de afilar... ¡Adiós, colega!... Ese es Jones, el viejo Columbes Jones, el "Rey de lo cobres". Su portentoso sudario costo cuatrocientos duros, y el trousseau completo, comprendido el sarcófago, cerca de dos mil. Una suma enorme en los tiempos de su muerte. Creo que murió en 1826. La noche de su sepelio llegaron de todos los cementerios inmediatos ejércitos de curiosos. Meredith Higgins se lo oyó referir a un viejo esqueleto. Ahora, observe usted a ese que llega cojeando, por haber extraviado la tibia derecha. Se trata nada menos que de Barnston Dalhousie... Un muerto atrozmente vanidoso. No nos tratamos con el. Nos da pena y asco...
Volviendo á lo que hablaba. Hemos decidido emigrar. Es intolerable que mientras nuestros descendientes adornan hasta el exceso el nuevo cementerio, dejen el antiguo entregado á la devastadora acción del tiempo. Y antes de proseguir mi odisea, he de cumplir un deber de cortesía. Ha sido usted atento y cortes conmigo. Quiero corresponder en debida forma, haciéndole un obsequio. Sírvase aceptar este ataúd. Ya se que esta viejo y desvencijado, pero tal y como es, representa cuanto poseo en el mundo. Á menos que prefiera usted el sudario… ¿No? … Perfectamente, como usted guste… Cualquier cosa menos que me tenga por un ingrato… ¡Hasta la vista, apreciable señor! Debo partir. Probablemente me queda aún andar mucho camino, y es tarde. ¡Qué peregrinación más triste! Vea usted: diez, veinte, cinco, mil esqueletos sin tener donde guarecerse… Nos trasladamos en masa. La decisión fue tomada anoche en pública asamblea. Cuando salga el sol no quedará un solo hueso en su primitiva mansión… ¡Hola, Bledro! ¿Quieres ayudarme á cargar esta piedra?... ¡Muchas gracias!... Servidor de usted, caballero.


Y con su lápida al hombro se alejo el charlatán, arrastrando su ataúd, pues me parece inútil decir que no le acepté el obsequio.

Durante dos horas largas siguió cruzando la lúgubre procesión. Uno ó dos de los esqueletos más jóvenes y mejor conservados se atrevieron á preguntarme las horas de de salida de los trenes.
Los demás parecían ignorar ese modo de locomoción, y se limitaban á informarse del nombre de las calles, de la dirección de las carreteras, del estado de los cementerios en los pueblos cercanos y de otras particularidades que podrían serles útiles. Todo esto me interesaba profundamente y aumentaba mis simpatías hacia los pobres emigrantes. Además, me parecía real, porque yo ignoraba que fuera un sueño. Así me apresuré á exponer á uno de los fugitivos la idea de escribir una descripción del lamentable éxodo.

Recuerdo que al manifestarles mis dudas acerca de la mayor ó menor veracidad con que había de transcribir mis impresiones, y sobre todo el temor de ser acusado por alguien de irreverente y de bromista fúnebre, aquel amable y solemne resto de lo que había sido un hombre se inclinó hacia donde yo descansaba y me dijo al oído:

- No te detenga ninguna consideración. Los vivos que olvidan á sus muertos bien merecen que se les recuerde del modo más punzante posible, que las más fea de las ingratitudes es la que llega hasta la tumba.

En ese momento cantó el gallo… El fantástico batallón de espectros se desvaneció, no dejando en pos de sí ni un hueso ni un harapo. Desperté, y con gran sorpresa, me hallé en mi cama, con la cabeza colgando y un brazo apoyado en el mármol de la mesa de noche. Posición excelente para tener sueños que encierren una moraleja, pero desde luego desprovista de toda poesía.




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